La Mancha

El entorno

La Mancha se define por su acusada vocación vitícola casi más que por ninguna otra cosa, resultado de un conjunto de rasgos característicos, intrínsecos al mismo territorio, que lo hacen especialmente idóneo para la producción de uva y, como consecuencia de ello, para la elaboración de unos vinos de gran calidad y con unas peculiaridades muy definidas.

La Mancha es, a grandes rasgos, un amplio altiplano. Una tierra sin grandes desniveles montañosos, con un relieve que se ha ido aplanando a lo largo de millones de años. Primero a través de la erosión del viejo Macizo Herciniano, la gran mole montañosa que con su formación hace más 500 millones de años hizo que por primera vez aparecieran tierras emergidas en el solar ocupado hoy por la Península Ibérica. Y luego con la acumulación de profundísimos depósitos sedimentarios sobre esa estructura montañosa previa ya fuertemente erosionada.

Uno de los rasgos característicos de La Mancha que más favorece la calidad de sus vinos es la naturaleza de sus suelos. Abundan en la gran llanura manchega los depósitos de calizas sedimentarias, con un grosor y una compacidad de los granos mayormente de tipo arcilloso o arenoso, rasgos que por sí solos ya hacen de La mancha un territorio ideal para la elaboración de grandes vinos. De hecho, la abundancia de suelos calizos en nuestra región la hace especialmente propicia para elaborar vinos tintos con gran cuerpo, alcohólicos y muy buenos para crianza, siendo las zonas más arenosas especialmente favorables para alcanzar altas graduaciones y obtener vinos con una marcada sequedad. Son, además, suelos de un color predominantemente pardo-rojizo y con un contenido orgánico muy bajo, que sólo en las zonas más próximas a los rebordes montañosos que rodean La Mancha presentan materiales de mayor grosor. Aquí los suelos son mucho más sueltos y más pedregosos, pero siempre manteniéndose su naturaleza calcárea.

La altitud (la mayor parte del viñedo manchego oscila entre los 600 y 800 metros sobre el nivel del mar), la latitud y su ubicación geográfica concreta determinan el clima de La Mancha, otro de los factores clave que explican su acusada vocación vitícola. Con respecto a la altitud, al ser la orografía manchega por regla general llana, el terreno asciende de forma muy constante, casi imperceptible, de norte a sur, pasando de los 484 metros sobre el nivel del mar en el extremo norte a los 700 de La Mancha central… para desde ahí volver a descender a los 645 de Manzanares. Se alcanzan cotas de mayor altitud sólo en algunas zonas concretas de la provincia de Cuenca (rebordes del Sistema Ibérico) y en los aledaños de los Montes de Toledo. En cuanto a su ubicación geográfica, La Mancha aparece casi completamente encajonada por los diferentes sistemas montañosos que la rodean y que, muy a menudo, bloquean la llegada hasta ella de masas de aire húmedo de origen marino. La única excepción, la única “salida natural” de La Mancha al océano, es el valle del Guadiana. Este aislamiento respecto a los vientos húmedos y la altitud determinan la característica sequedad de la región, así como la elevada insolación y la continentalidad de sus temperaturas. De hecho, los datos pluviométricos son bajísimos en toda la región (casi siempre por debajo de los 400 mm anuales, normalmente entre los 300-350 mm); las oscilaciones térmicas fortísimas, tanto las diurnas (la diferencia térmica entre el día y la noche) como las anuales (con veranos donde los 40°C se superan ampliamente e inviernos donde no es extraño alcanzar los -15°C); y la insolación de más de 3.000 horas al año.

En términos vinícolas la sequedad y la alta insolación propias de La Mancha reducen considerablemente el riesgo de enfermedades criptogámicas en la vid, y favorecen la adecuada maduración de las uvas, dando lugar a vinos de color intenso, en los que se potencia claramente la fuerza aromática de las distintas variedades acogidas.

 

Desde siempre

Aunque los orígenes documentados de la viticultura en La Mancha datan de los siglos XII-XIII, tras la repoblación cristiana de estas tierras durante el proceso de la Reconquista, todo parece apuntar a que el cultivo de la vid en La Mancha era ya habitual desde época romana. Y es que el cultivo de la vid y la elaboración de vino son, desde siempre, uno de los rasgos más definitorios de estas tierras y de sus gentes, para las que los viñedos y el vino forman parte de su vida de la forma más natural.

De hecho, en el propio vino y en la Cultura del Vino están basadas muchas de las costumbres, fiestas y literatura del pueblo manchego. ¿Cuántas festividades locales no se celebran coincidiendo con las fechas de la vendimia? ¿Quién no recuerda a sus padres y abuelos, en las reuniones familiares de su infancia, hablando y riendo en torno a una copa de vino como ahora siguen haciendo hijos y nietos? Y no debemos olvidar las alusiones que, por ejemplo, ya hacían al vino manchego los grandes literatos del Siglo de Oro: así Miguel de Cervantes, en su universal obra Don Quijote, hace referencias al vino como aquella que dice: “tanto alababa el vino que lo ponía por las nubes, aunque no se atrevía a dejarlo mucho en ellas porque no se aguase”. De hecho, su cercanía privilegiada a la capital del reino permitió convertirse a La Mancha en los vinos de la corte durante el durante el Siglo de Oro.

Con la llegada del trazado del ferrocarril, La Mancha se beneficiará de una mejor vertebración del territorio permitiendo a sus vinos una mejor salida portuaria en los mercados. Todo ello además se tradujo en una atracción de capital exterior que permitirá una mayor progresión social, demográfica e inversión del sector vinícola manchego con la industrialización durante el último tercio del siglo XIX.

Debido a su posición relativamente aislada en el interior peninsular, el viñedo manchego además sería uno de los que más estoicamente resistiría la penetración de la filoxera en sus plantas.

No obstante, el cultivo de la vid en La Mancha no alcanza su máxima expansión sino a partir de la década de 1940, debido a la progresiva implantación de numerosas cooperativas vinícolas en toda la región, un proceso gracias al cual los productores han podido alcanzar una posición de mayor fuerza en los mercados, mejorando así sus perspectivas económicas. La viticultura es hoy día, de hecho, la principal actividad económica de prácticamente todos los municipios que conforman la Denominación de Origen La Mancha, con unas perspectivas de crecimiento futuro reales y tangibles. Es más, su orientación vinícola ha contribuido a disminuir el éxodo rural concentrando grandes núcleos de población en aquellos municipios relativamente grandes.

 

La Mancha en extensión

La Mancha, con las interminables hectáreas de viñedo que pueblan sus campos, conforma la zona vitivinícola más extensa del mundo. No solo por ser la región natural de mayor extensión de España, sino también por su orografía completamente llana y su clima, tan favorables a la práctica vitícola.

En ocasiones, se ha contemplado a La Mancha más como concepto cultural, que administrativo. Como comarca natural, sus límites son poco precisos en algunas zonas, aunque todas las fuentes consultadas coinciden en atribuirle una extensión algo superior a los 30.000 km2, lo que supone en torno a la mitad de la superficie total conjunta de las cuatro provincias con territorios que forman parte La Mancha (Albacete, Ciudad Real, Cuenca y Toledo).

En términos administrativos, el Pliego de Condiciones de la Denominación de Origen “La Mancha” da cabida a un total de 192 términos municipales: 13 en la provincia de Albacete, 62 en Ciudad Real, 71 en Cuenca y 46 en Toledo.

Y en cuanto a sus miembros, la D.O. agrupa a cerca de 15.000 viticultores y alrededor de 250 bodegas, cifras que la convierten en uno de los principales motores económicos de la región de Castilla La Mancha.

 

En síntesis

La Mancha cuenta, por tanto, con una vastísima tradición vitivinícola, que sumada a una serie de elementos característicos de tipo geológico, geográfico y climático que la definen, hacen de ella un territorio idóneo para producir una excelente uva y, posteriormente dar vida a un gran vino, con matices muy peculiares.

Se puede decir, en resumen, que La Mancha es la zona ideal para el cultivo de la vid, que produce en nuestro territorio unos frutos de extraordinaria calidad, maduración y salud. Por ello, los vinos manchegos se encuentran hoy día entre los más exquisitos y más prestigiosos del mundo, son degustados en toda España y también exportados a los cinco continentes, convirtiendo a Castilla-La Mancha ya desde hace muchas en la CC.AA. líder de España en cuanto a exportaciones de vino en volumen.