
TUS BESOS DE MADRUGADA
Autor: D. Francisco de Paz Tante
Accésit del XI Certamen Literario "Vinos de La Mancha"
Después de tantos años acostumbrándome a vivir con el hueco infinito de tu ausencia, quiero seguir recordando tus trasiegos por las viñas y la bodega. Te fuiste con su recuerdo incrustado en lo más profundo de tu mirada y de tu alma, percibiendo, mientras liberabas tu último aliento y el vaho tibio de tu sangre vertida, el olor y el color del oro viejo de las cepas otoñales, bajo el tractor al que segundos antes se le había saltado el freno cuando te bajaste para cortar unos sarmientos.
Sólo llevábamos tres años casados, cuando se produjo aquel accidente que te segó la vida y a mí me enlutó el futuro para siempre. Trabajabas las viñas que te dejó tu padre, y compartías conmigo el entusiasmo de hacer el mejor vino, y ampliar la bodega para seguir creciendo y que llegara algún día en el que pudiéramos vender aquellos blancos brillantes que entonces hacías más allá de estas tierras de La Mancha.
Durante aquellos años en que vivimos juntos yo me dedicaba a mis clases en el instituto y a la literatura, a escribir historias de personajes que siempre estaban enraizados en nuestros campos y en nuestros pueblos manchegos. Relatos que luego yo te leía, o te contaba, a veces en la bodega, cuando nos sentábamos en las escaleras para que descansaras un rato del trabajo que estuvieras haciendo, y también para juntar las manos o profundizar en los besos que nunca dejamos de aprender a darnos; antes de amarnos en el refugio de aquella penumbra con la pasión de quienes intuyen que el futuro es frágil y se podía romper en cualquier momento.
Fue allí, en aquella bodega y en el jaraíz, donde me enseñaste a hacer el vino. Y también, durante aquellos años en que vivimos juntos, te empeñaste en que aprendiera a cuidar las viñas, a sentirlas como parte esencial del que tú considerabas nuestro lugar en el mundo, en el que forjamos los únicos sentimientos de pertenencia a un sitio. Por ello estabas convencido de que en La Mancha, si alguna vez arrancáramos viñas, no sólo se produciría una amputación en el paisaje, sino que también sentiríamos la extrañeza y el desarraigo de quienes son despojados de sus geografías íntimas, ésas que, más allá de los espacios físicos, se adentran en los territorios del alma y de los afectos.
Por eso, cuando te fuiste, dejé el instituto y me dediqué con todas mis fuerzas y entusiasmo a las viñas y a la bodega. Ya habías conseguido que se me quedaran inoculados en la memoria los olores de las cepas y de la vendimia, los aromas de los trasiegos necesarios en ese tránsito, repetido cada año, hacia el prodigio del nacimiento del vino.
Después seguí aprendiendo, y estudiando enología, pero la magia de la bodega, de la alquimia de las uvas, me la transmitiste tú, cuando hiciste de mí una vinatera.
Además de enseñarme a sentir y a percibir los colores y los olores de las viñas, del jaraíz y de los trasiegos a las tinajas, también aprendí contigo a observar las uvas en los racimos, y a calcular su acidez calibrando el grosor de los troncones. O a adivinar, con la nariz y la lengua, cuánto azúcar tenía el mosto.
Muchas veces rememoro la admiración y el asombro que provocaban en mí tus palabras, cuando me hablabas de los peligros que acechaban en la bodega, aquéllos que, según tú, se agazapaban en las penumbras y en los rincones. Era el peligro de los vapores de la fermentación, o del azufre que utilizábamos para limpiar las tinajas, aquel humo purificador con el que evitábamos que el vino acabara pudriéndose, pero al que había que estar atentos, me advertías, porque a veces se transformaba en una niebla invisible y venenosa. Por eso tenía que aprender a sentir su calor en la piel, para salir enseguida de la bodega, y disipar con la lumbre de los sarmientos aquel tufo letal.
Me decías que la limpieza era fundamental. Por eso azufrábamos las tinajas antes de trasegar el mosto, y luego me mostrabas cómo había que remecerlo con un palo. Hasta que llegaba el último trasiego y me mostrabas el vino en un vaso para que viera la palidez de su color, antes de que el ácido tartárico le diera aquel brillo especial que siempre conseguías con tus blancos.
Ahora, esos vinos, que tú sabías hacer con precisión de alquimista, los fermentamos a temperatura controlada para evitar que se pierdan los aromas, y luego les aplicamos las técnicas más avanzadas de conservación. Ésas que tú, antes de morirte, ya intuías que llegarían algún día a las bodegas manchegas, y de las que a veces me prevenías, pues estabas convencido de que lo fundamental para hacer un buen vino no es la técnica, sino la pasión.
Reconozco que mis vinos ya no son como los tuyos, artesanales, rudimentarios, intuitivos. Ya no tienen ese sabor a tierra, ni el amarillo brillante del que tanto presumías. Era aquel blanco que sacabas de la variedad airén. Esas uvas con un hollejo gordo y carnoso, que en los años buenos se juntan en racimos grandes, dorados cuando maduran, durante los días de la vendimia, en que tú los cortabas hurgando entre las cepas con pericia de cirujano.
En aquellos años en los que aún trabajabas en las viñas, las uvas se criaban solas, a expensas de los caprichos del cielo y de las estaciones. Por eso siempre estabas con la preocupación de las heladas a destiempo, del granizo o de la persistencia de las sequías. Te asombrarías ahora si vieras las últimas viñas que hemos plantado. Todas ya con espalderas para que se puedan vendimiar con máquinas. Y con riegos por goteo controlado según los meses y la prodigalidad del cielo.
También, tú que estabas acostumbrado a pisar las uvas descalzo en el jaraíz, y a los trabajos para hacer el vino utilizando sólo la habilidad de tus manos y el vigor de tus brazos, te admirarías ahora de las nuevas instalaciones en la bodega, de los grandes depósitos de acero inoxidable, de las modernas prensas, de las máquinas embotelladoras que persisten sin cesar en su soniquete de metal y cristal para guardar el vino de cosecha, de crianza o de reserva que ya vendemos por todo el mundo, como tú soñabas que haríamos algún día, antes de que el hachazo ciego del destino te dejara sin futuro, bajo el tractor con el que arabas, en una viña en la que habías vertido tantos sudores, y en la que al final dejaste también, en el aire quieto de aquella mañana, tu último aliento y el vaho tibio de tu sangre.
Aunque no he dejado de escribir, de seguir inventándome historias de personajes enraizados con nuestra tierra, he trabajado mucho, como hiciste tú, en las viñas y en la bodega. Y al final he conseguido tu sueño, que también lo hice mío.
Ahora, después de tantos años de añoranzas que a veces siento tan viejas como mi vida misma, ya sé que nunca se disipará de mi alma y de mi memoria la intensidad de tu recuerdo. Y quiero seguir aferrada a él, sintiéndote siempre cerca, mientras me marchito con la herida infinita que me dejó el hueco de tu usencia. Por eso sigo yendo muchos amaneceres a la viña donde te moriste, para sentir tus besos de madrugada, como te conté una tarde que ocurría en aquel relato que hablaba de vino y de besos.
Me lo inventé para ti, para mostrarte, a través de la literatura, la fuerza del vino para unir a las personas, a los hombres y a las mujeres, a los amantes, rompiendo incluso esas fronteras interiores que a veces levantan las creencias y la cultura.
Cuando te lo conté, estábamos sentados los dos, como era nuestra costumbre, en la escalera que nos adentraba en la bodega. En realidad era una leyenda, te dije, que nació en aquellos tiempos de la historia en los que en estas tierras convivían musulmanes y cristianos. Y te la conté mientras me acariciabas la mano, antes de que te adentraras en otros territorios más íntimos, como hacíamos muchos días al cobijo de aquella penumbra, cuando el rumor de nuestros besos y del roce de la piel alteraba el silencio en que fermentaba el mosto.
Es un cuento que siempre rememoro cuando, al amanecer, voy a esa viña en que dejaste tú último aliento y el vaho tibio de tu sangre vertiéndose.
Una tarde, cobijados en la cueva donde fermentan el silencio y las uvas, probé al fin el cálido aliento embriagador de sus caldos y sus besos.
Aprovechamos las primeras oscuridades para encontrarnos en la penumbra subterránea de las antorchas, en aquel refugio donde ella guardaba las uvas que se licuaban a escondidas. Afuera el cielo ya estaba crecido y la luna lo desteñía con jirones de plata.
Me había mandado mi rey musulmán un mes antes a visitar las tierras de esta familia mozárabe, a comprobar que sus viñas eran sólo para uvas pasas y mosto, y no se contravenían los preceptos del Islam. Pero me encontré con ella, con la hija del dueño, quien se encargaba de su cuidado y producción. Y cuando me acostumbré a la compañía de aquellos ojos de cielo abierto y a la proximidad de sus labios encendidos de bermellón y crepúsculos, no hubo lealtades, ni leyes, ni preceptos que pudieran evitar la pasión que brotó en mí con la misma fuerza con que surge la vida en los oasis ardientes de soles y ríos, como crecen las granadas cada otoño y se preñan del jugo dulce de sus perlas carmesíes. Y cada vez que hablaba con ella, para interrogarla sobre aquellas actividades clandestinas, y que me dijera dónde escondían el vino, me daba cuenta de que sus ojos azulísimos se llenaban de relumbres y humedades, mostrándome así todo el amor que también crecía en su pecho y le rebosaba por sus pupilas de cielo y agua. Por eso olvidé el mandato de mi rey, y dejé que la dulzura de aquella pasión prohibida, como una niebla tibia y embriagadora, me penetrara hasta los abismos del alma.
En los atardeceres recorríamos las viñas doradas, ya vendimiadas y cubiertas durante aquellos días por los brillos ocres del otoño, y trataba de convencerla sobre las ventajas de degustar sólo las uvas y las pasas, la dulzura del mosto sin fermentar, y de que era innecesario ir contra las leyes divinas. Pero ella me miraba y alargaba su sonrisa ancha, mientras me explicaba que en el vino se concentran las esencias y los aromas de la tierra, las fragancias que en el aire dejan los días de sol y las noches alumbradas con plenilunios, los olores y sabores de las lluvias y las brisas que penetran o lamen los campos con el ritmo de los astros y de las estaciones. “El vino riega la vida, la entibia y humedece, para que crezca hacia los demás generosa y feraz”, me decía ella, mientras recorríamos aquellas tierras de La Mancha donde, en el horizonte, algunas tardes sus cielos adquieren el mismo color que el de las viñas cuando se tiñen de otoño.
“Además, algún día probarás el vino en mis labios”, me dijo una tarde, cuando los dos ya sabíamos que acabaríamos saciándonos de vino y de besos. Como hicimos aquella noche, en el refugio de la penumbra donde fermentaban el silencio y el mosto.
Sabíamos que quizás sólo fuera esa noche la que nos permitiría el destino para probar el sabor de los labios mojados de vino. Su propio padre me había acusado ante el rey de comportamiento desleal. Por eso me capturaron ese mismo amanecer, cuando salíamos de nuestro refugio con el recuerdo de los besos recientes, ya incrustado para siempre en la memoria y en las profundidades del alma.
Antes de ejecutar el mandato del rey, les dije que me mataran en la viña que tantas veces recorrimos juntos, para que mi último aliento y el vaho tibio de mi sangre vertida se quedara en el rocío de aquella madrugada, y así, cuando se encendiera el día sobre las cepas, ella pudiera mojarse sus dedos con mis besos de agua.
Ésta es la historia que escribí para ti, antes de que dejaras tú último aliento y el vaho tibio de tu sangre en esa viña que recorro algunos días al amanecer, mientras recojo con mis dedos el rocío que moja las cepas, y después me humedezco con él los labios, para sentir tus besos de madrugada, que recorren los racimos cada mañana, uva a uva.