
ALLÍ DONDE LA TIERRA TIENE OTRO COLOR
Autora: Patricia Velasco
Accésit del XI Certament Literario "Vinos de La Mancha"
A lo lejos, apenas se vislumbran algunas luces encendidas en el pueblo. Es tarde y todos descansan ya de cara a la última jornada de la vendimia. Alina también está agotada, su cuerpo reclama a base de ampollas, contracturas y heridas un reposo bien merecido. Sin embargo, ella no piensa ahora en cómo mitigar el dolor de espalda o en cuándo perderán sus manos ese aspecto de sarmientos rudos y sangrantes, busca más bien un alivio para su alma porque la siente tan seca y retorcida como las cepas que dejó desnudas hoy en el majuelo.
Mientras apura el cigarro, Alina fabula con la idea de que ella pudiera también podar su alma, usar unas buenas tijeras con las que despojarla de todo lo dañino, dejar correr savia limpia y esperar así brotes nuevos que dieran lugar a pámpanos verdes y tiernos. Esa visión logra esbozar una leve sonrisa en sus labios agrietados, la primera en meses. Los ojos de Alina, hastiados de melancolía, se posan sobre el cielo desbordante de estrellas de La Mancha, tan diferente al de su aldea en tierras rumanas. Deja escapar un suspiro volátil, tira la colilla al suelo, la pisa con rabia y echa a andar.
La hoguera está a punto de extinguirse. Una llama rebelde lucha por no ahogarse entre las cenizas. La débil luz que emana proyecta las sombras del campamento asentado junto a los muros blancos del cementerio. A Alina le inquietan las siluetas de las cruces destartaladas que sobresalen por encima de la tapia, tanto que se le han grabado en la retina y, por las noches, se dibujan en los plásticos de su chabola. A pesar de su evidente deterioro físico, fruto de las duras e intensas jornadas de vendimia, cada día le cuesta más conciliar el sueño. No se ha habituado todavía a acostarse entre cartones y podredumbre. No es capaz de dormir con la sensación de que está molestando a los muertos. No puede descansar sabiendo que jamás abrazará de nuevo a su pequeño Viorel.
De noche, se siente más que nunca acorralada por los fantasmas que la vienen persiguiendo desde Rumania, los mismos que no la dejaron ni un momento de reposo en el autocar, que han conseguido colarse en sus venas, teñir de gris su sangre y oscurecer su carácter con sombras de desconsuelo. Por eso, de madrugada, Alina reza y fuma, fuma y reza sin parar, intentando en cada calada aspirar a fondo los espectros que la asedian para convertirlos en humo, pidiendo en cada oración el alivio necesario para respirar.
Cuando por fin llega la hora de echarse al campo, a pesar de la vigilia involuntaria y de la escarcha que cubre las espuertas y el corazón, ella va con más energía que nadie porque allí, entre viñedo y viñedo, sus fantasmas parecen esconderse y su dolor al menos se mitiga. Comienza a despuntar el día y algunos tímidos rayos de sol iluminan las cepas, entonces Alina respira con ansia el aroma de las uvas maduras, sus manos aprovechan cualquier ocasión para acariciar un segundo los racimos y sentir su tacto. Es su primera vendimia y ya experimenta una atracción irremediable hacia la tierra rojiza que pisan sus pies, hacia esas llanuras infinitas donde las viñas dibujan hileras de perfecta simetría; una armonía geométrica que la fascina quizá porque contrasta con su caos interior.
Sin predecirlo, la joven ha encontrado en este paraje manchego, que ni siquiera sabe ubicar en el mapa, el elixir que atenúa su añoranza e incluso, por momentos, le permite no recordar. Vino en busca de trabajo aunque en el fondo supiera que el viaje no era más que una huida desesperada de la amargura plomiza que, desde el accidente, la estaba sepultando. Al subirse en el autocar, rodeada de personas desconocidas, no hacía sino escapar de las miradas acusadoras, de la falta de comprensión, de la desesperanza labrada a golpes de mala suerte, del vacío de abrazos en su aldea y, sobre todo, de la ausencia de Viorel en su cuna.
Durante las horas que pasa en el campo, Alina se siente libre; nadie la mira, nadie la juzga. Además, satisface su naturaleza inquieta porque cada día descubre algo nuevo. Ella agudiza bien todos los sentidos, quiere empaparse del aroma a mosto que flota en el aire, de los matices verdes y amarillos de la uva airén entre sus dedos, aprenderse las canciones que se entonan desde los remolques al terminar la jornada y saborear las gachas que reparten para el almuerzo. Sabe que ha tenido mucha suerte con Diego, su caporal. Él la trata como al resto de la cuadrilla, casi todos vecinos del pueblo, quienes además la han ayudado desde la primera jornada, cuando no entendía ni una sola palabra de español. El resto de rumanos del campamento recolectan en otros viñedos, donde apenas tienen contacto con los manchegos, ni tampoco se les ofrecen viandas, ni se les da a catar el vino de cosechas anteriores.
Alina sí lo ha probado. La primera vez guardó silencio, pues mientras el sedoso caldo bajaba por su garganta, sintió vergüenza de reconocer que nunca antes había bebido vino, ya que a su aldea natal, alejada de las zonas vinícolas de Rumania, tan solo llegaba el tradicional tuica, una especie de aguardiente de ciruelas.
Al igual que le ocurrió con el paisaje de La Mancha, Alina también se enamoró del néctar que nace en esos campos. Mientras vendimia, pasa horas imaginando cómo pueden esas uvas, que sus propias manos recogen y que ve partir después hacia la bodega, convertirse en tan sugerente bebida. Ignora la alquimia necesaria para lograrlo, nada sabe de fermentaciones, de barricas de roble, ni de taninos. Se siente ignorante entre esas gentes que viven por y para el vino, que a pesar del cansancio y del dolor, disfrutan cada jornada rodeados de viñas, con la ilusión dibujada en sus rostros porque llevan todo un año esperandolo.
Los últimos días Alina se atreve a preguntar tímida, trastabillándose con el idioma, usando las manos como apoyo del lenguaje porque quiere saber. Quiere aprender. Quiere olvidar. Y sus compañeros de cuadrilla se esfuerzan por entenderla y por hacerse entender. Casi todos le han cogido aprecio rápidamente a esa joven desgarbada, silenciosa y trabajadora que parece tener una sempiterna sombra de tristeza en su mirada.
Hay quien se ha dado cuenta de que, a veces, a escondidas, ella garabatea en la tierra del majuelo. No saben que lo hace porque le gusta su color rojizo, de caliza, tan diferente al marrón sombrío, casi ceniciento, al que estaba acostumbrada en su país. Los fantasmas de Alina muchas noches le llenan la chabola de terrones de ese suelo oscuro, tratan de asfixiarla bajo montañas de tierra. Ella angustiada la aparta con los brazos desollados, con furia, hasta la extenuación. El sueño siempre tiene el mismo final cuando sus manos, ya en carne viva, excavan y descubren de golpe el rostro sin vida del pequeño Viorel.
Hoy ha sido el último día de vendimia. En el campamento, alumbrados por los sarmientos que arden en la fogata, los compatriotas de Alina empiezan a preparar sus bártulos, así como el dinero que vendrán a recoger los comisionados. En un par de días, todos seguirán su peregrinaje por la ruta de las cosechas. Ella descansa sentada bajo un olivo fumando un cigarro, tratando de calmar la ansiedad. No se ha despedido de nadie, ni siquiera de Diego que, al final de la jornada, la ha invitado a la fiesta del pueblo. Al día siguiente, habría baile y todos comerían de las cazuelas de migas que se prepararían en la plaza. Ella no le ha entendido muy bien pero su sonrisa le ha transmitido, por un instante, cierta serenidad.
No sabe cuál es el próximo destino, aunque tampoco se ha molestado en preguntarlo. Prácticamente, no ha intercambiado más de dos conversaciones banales con las otras jovenes rumanas del asentamiento. Algunas tienen niños y han viajado con ellos hasta allí. Los pequeños corretean descalzos por el campo y juegan con un balón viejo a disparar a las paredes del cementerio. Cada pelotazo que resuena en esos muros encalados le remueve las entrañas. Alina mira a estas madres con las pupilas destilando rabia. Esas mujeres descuidan a sus hijos, les dejan a la intemperie durante horas, sin protección alguna y a ninguno le ha ocurrido nada en todo el tiempo que han estado allí. Alina no lo entiende. Ella sólo estuvo ausente cinco minutos. Suficientes.
Siente que no puede proseguir el viaje con el resto. De pronto, bajo ese olivo centenario, respirando el aire frio de La Mancha perfumado de mosto, decide que su huida ya tiene un destino definitivo; un lugar donde la tierra es de un color diferente, donde tal vez los fantasmas de la culpa se terminen por esfumar, donde quizás aprenda a perdonarse a sí misma y a vivir en paz.