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Los ritos funerarios, y el interés por el más allá, han marcado una inquietud espiritual, como una respuesta antropológica y cultural. Una necesidad compleja en el propio desarrollo cognitivo del ser humano, acorde a la propia evolución del hombre en sus diferentes estadios de civilización.

El hito viene marcado con las primeras sociedades neolíticas, cuando la complejidad social (y diferenciación social por estratos y élites) viene paralela a los dictados de un mayor desarrollo económico, derivados del comercio,  la artesanía, y una mejor alimentación, en definitiva. Con el sedentarismo aparecerán la ganadería, la agricultura, los asentamientos y la aparición de las primeras ciudades,  después Estados, reinos, etc.

La religión y por ende, los ritos funerarios aparecen como respuesta (necesidad) del hombre ante un hecho consustancial a la vida, como lo es la propia muerte, esto es, la desaparición física del ser querido, pero su permanencia eterna (inmortal) en el recuerdo.

En efecto, sociedades con un grado evolutivo mayor como el egipcio, contemplaron la prolongación de la vida en el más allá, desde una óptica de respeto, e importancia; vital hasta términos de fasto en construcciones que han perdurado hasta hoy como las pirámides e hipogeos en Egipto.

Sin embargo, somos hijos de la cultura clásica, más bien, diríamos de la Antigua Roma, que nos ha legado la mayor parte de sus tradiciones, incluida las costumbres por el rito funerario, donde por cierto, el vino también jugaba un papel destacado.

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Cortejo funerario en la Antigua Roma. Fuente: arraonaromana-blogspot-com

 

Banquetes funerarios

Tenemos constancia de los rituales de enterramiento (inhumación e incineración) en la Antigua Roma por documentos de escritores latinos como Varrón, Polibio, Ovidio e incluso, el propio orador Cicerón.

Existen testimonios donde queda constancia de las procesiones pompas fúnebres (libitinarii) y funerales,  (de funalia candelae, es decir, antorchas específicas a tal uso ya que los sepelios por ley debían realizarse de noche). En función de la propia condición social, el enterramiento simbolizaba todo un acontecimiento que delimitaba no solo la propia vestimenta de los familiares, también la composición del cortejo formado por músicos, plañideras y hasta bailarines. Se llevaba a cabo todo un ceremonial con discursos y declamaciones que recordaban las hazañas del difunto.

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Después del propio funeral, se producía el propio banquete fúnebre en las cercanías de la propia tumba, con alimentos que incluían los huevos, el apio, las lentejas, hasta el pan, las aves de corral y el sacrificio de una cerda. Manjares que preparaban al difunto en su viaje al más allá. El vino, por su color y textura, ya era asociado a la sangre. Su libación, se cree, que aportaría la energía eterna, en símil con la regeneración, signo de vida eterna (algo que después sería adoptado por el cristianismo).

 

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El vino tinto por su color ha sido asimilado a la sangre con carácter sagrado

 

No es nuevo, sin embargo, en Roma. Ya con Homero, la guerra de Troya, se vislumbra al vino como libación o medio ritual para sofocar las cenizas crematorias de los héroes Patroclo y Héctor. Incluso, investigaciones arqueológicas han interpretado el servicio de vino en  ofrenda a los difuntos y posterior ruptura de los recipientes cerámicos.

Recordando a sus difuntos

El respeto ha sido reverencial en los romanos hacia sus ancestros y familiares fallecidos. La sociedad romana, supersticiosa por naturaleza, se regía por un estricto calendario, donde el recuerdo a los difuntos tiene sus días destacados.

En la Edad Antigua, el estado de guerra era habitual reduciendo la esperanza de vida. La muerte estaba muy presente. La tierra mater acogía al difunto siendo imprescindible la sepultura (en ceniza o inhumación) del cuerpo para descanso de su alma. Aquellos que carecían de morada para su descanso, deambularían entonces como ‘espíritus’ atormentados, malintencionados (son los lemúres); en contraposición a los espíritus antepasados o espíritus buenos como lares (de ahí los pequeños altares domésticos para su plegaria en lugares discretos de las domus romana)

 

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El paso de la Laguna Esitgia, de Patinir. Cuadro mitológico de la muerte en el mundo Antiguo

Así, en Roma, se celebraban las lemuralia (durante el mes de mayo) con ritos públicos y también ceremonias privadas, en el seno de cada familia. Estos rituales iban destinados a la protección del hogar de aquellos lemures que durante aquellos días de mayo podían causar turbación y mal en los vivos. Golpear láminas de bronce, elaborar máscaras de cera para despistar a los espíritus y arrojar habas negras en un ritual nocturno eran algunas de las ceremonias llevadas a cabo en Roma.

No obstante, existía otra fiesta, más concreta para recordar a los difuntos. Eran las parentalia (13 de febrero) destinada a honrar a los familiares fallecidos.

Así pues, en la tradición clásica ya existía una concepción especial para el inframundo mucho antes de las tradiciones celtas.

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