Cuando la veteranía es grado
Se han convertido en el último reclamo de muchas bodegas. Una longevidad de décadas, incluso centurias, que conlleva una distinción comercial de calidad. La presencia senil de algunos viñedos, asegura, según los expertos, una calidad en el fruto, que compensa su merma productiva para elaboradores. Aunque, bien es cierto, en otras ocasiones pone en entredicho la rentabilidad final de las explotaciones.
Agotadas por el devenir por los años, la vid, con años y vendimias a sus espaldas leñosas, llegan al final de cada ciclo, sabias y pacientes. No se exceden de carga y si han sido tratadas con respeto viticultor, suelen regalar la cosecha “ideal” anhelada por los enólogos en bodega.
Una viña de cepas viejas es también sinónimo de tradición, herencia y respeto por nuestros ancestros.

Vestigios de aquella “sufrida” agricultura de nuestros abuelos, aquellas que sobreviven sin ser arrancadas, a salvo del tedio, el olvido y el relevo generacional, se convierten, con suerte, en el bastión de calidad de algunas parcelas seleccionadas.
Las cepas viejas se convierten en legado histórico y patrimonial
Incluso, aquellas más afortunadas, sobreviven como parte del patrimonio antropológico y cultural que algunas bodegas llaman “paraje”, en un trazado de coordenadas geodésicas que solamente, el viticultor y unos pocos aparceros mantienen en secreto.
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¿Cuándo se consideran viejas?
Ahora bien, cuando la excelencia se reitera y la unicidad es recurrente, conviene matizar qué entendemos por cepas viejas. En términos agrónomos, una cepa vieja es aquella que supera, como mínimo, las tres décadas de vida. Su madurez es plena con una formación radicular expandida que le permite un mayor apego al terruño. La mayor profundidad de sus raíces en cambio le resta vigor productivo tal y como le sucede a los propios seres humanos, cuyo ímpetu se mesura con los años.

En La Mancha es fácil localizarlas en vaso, con un sistema de conducción tradicional desde hace años. Ello hace que requieran mayores cuidados durante el año, junto a una vendimia final, manual, que genera mayor esfuerzo y tiempo para el agricultor. Su rentabilidad es baja además cuando el productor no equipara sus ingresos con los costes de producción invertidos.
Su aspecto es robusto, con un tronco grueso. Aunque se las reconoce mejor por sus racimos, pequeños y compactos. Es aquí donde radica su expresión más fidedigna de la tierra que las vio nacer. Sus bayas más compactadas tienen una mayor concentración de azúcares y polifenoles que posteriormente permiten obtener vinos vivos, con nervio, frutales y potentes.
Dan lugar a vinos aptos para la guarda en crianza.
El resultado son vinos de graduación alcohólica alta, de cuerpo y estructura. La joya de la corona en elaboración para muchas bodegas por su producción limitada.
La sabiduría de las cepas viejas radica en su resiliencia y capacidad de recuperación. En aquellas variedades autóctonas, además, las cepas viejas, por su fuerte carácter resistente a plagas, enfermedades e inclemencias de la meteorología como los prolongados ciclos de sequía, son una garantía de sostenibilidad para el futuro.
La Mancha, solaz llanura centenaria
Aunque es cierto que la superficie viticultora se reduce con los años, La Mancha sigue siendo el viñedo de Europa en hectáreas de viñedo cultivadas. Detrás de variedades de fuerte carácter autóctono como la blanca Airén (más de 86.000 Ha) y la cencibel o Tempranilllo (29.000 ha aproximadamente) se circunscribe una historia implícita de tradición centenaria.
Sin ir más lejos, precisamente, la ubicación “aislada” en el interior de la Península Ibérica dejó a La Mancha durante el siglo XIX en una posición protegida de la temida filoxera. La mayor plaga de la historia, que devoró prácticamente todo el viñedo europeo, llegó tarde a la llanura manchega. Incluso, existen determinados parajes donde la vid sobrevivió al contagio. Hoy estas plantas, conocidas como cepas de pie franco han podido llegar intactas a nuestro siglo XXI, convirtiéndose en viñedos de apreciado valor antropológico.
La estampa refleja una raigambre innegable y sucede prácticamente lo mismo para el resto de la vid en la comarca manchega, donde todavía un gran porcentaje de viñedos son conducidos en vaso.
Es el lento metabolismo de sus vides transmitido en sabiduría inmaterial para las generaciones venideras. Asegurar su pervivencia en un equilibrio gradual de respeto y rentabilidad es de alguna manera la capacidad de resistencia a los envites del futuro.