El final del banquete, el comienzo de la sobremesa lo dicta el comensal al terminar su menú. Da igual si es corto o largo, en el momento que tomas el último plato, sea postre o plato fuerte, ese momento marca el final… y el principio de algo. Les llega la hora a los Petit-fours o dulces de sobremesa.

Ohlalá Petit-Fours

El origen de estos manjares proviene de la Francia del siglo XVIII, muy populares en el Renacimiento. Históricamente, se sitúan en los tiempos en los hornos se construían de obra, por lo cual la cocción de las piezas más pequeñas tenían lugar à petit four– horno pequeño-. Traducido también como a fuego lento.

El dulce en nuestro paladar

Los Petit-fours se consideran las preparaciones de pastelería que son pequeñas, tan pequeñas que incluso te las puedes comer de un bocado. Así, en la larga mesa se pueden encontrar bombones, peladillas, mazapanes, lenguas de gato, trufitas, etc.

Se suelen servir junto o después al café, como guinda al pastel. La imaginación del cocinero dicta el resultado del dulce y responde al buen gusto. Los de la fotografía, por ejemplo, son los últimos que he tomado, y se tratan de un chupito de dulce de leche y crema de yogur griego en capas… Son Miguelitos de la Roda y unas trufas de brandy de Tomelloso; Son dos productos que han hecho más famosas aún a sus localidades de origen.

Súmale vino de la Mancha

Puedo asegurar sin vacilación alguna que me supieron a gloria y, más aún, acompañados con el vino tinto del que disfrute a lo largo de la comida. Creo recordar que era un Reserva de la D.O La Mancha de la variedad Cabernet Sauvignon. Dio la talla con todo el menú. Conforme iban pasando los minutos, el caldo manchego evolucionaba en la copa y parecía otro vino.

Así pues, un servidor os recomienda acompañar a estos dulces con un tinto Reserva y sus detalles a madera. Debemos darle esa alegría al paladar.

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