El Museo del Prado en Madrid

Con motivo del bicentenario del Museo del Prado nos adentramos en sus salas y recorremos sus pasillos para empaparnos de los cuadros más famosos de este templo del arte donde el vino también es protagonista.

en madrid, El Museo del Prado, con miles de VISITAS ANUALES, es una de las primeras referencias turísticas. Unas 2.892.937 anuales en el 2018. 

Desde hace siglos el vino es un ingrediente clave tanto en la gastronomía como en la cultura de los países mediterráneos. Se podría decir que este caldo es tan antiguo como nuestra civilización e incluso se le han atribuido propiedades divinas siendo considerada la bebida de los dioses.

Cornucopias con uvas, vasijas de vino, escenas de vendimia… A lo largo de la historia, los artistas han plasmado el protagonismo de esta bebida en nuestras vidas. No es difícil encontrar al vino representado en los grabados mesopotámicos, los jeroglíficos egipcios, las esculturas de la Grecia clásica o los mosaicos romanos. Siglos más tarde, la vid, la uva y su preciado jugo siguieron siendo recurrentes en las obras de los genios de la pintura.

Proponemos un viaje por el Museo del Prado en su bicentenario a través de una listado de diez cuadros con el vino como leitmotiv.

Jan Brughel ‘El Viejo’ – El Gusto, el Oído y el Tacto (1620)

Es sabido que una buena comida siempre debe ir acompañada de un buen vino y en esta alegoría a los sentidos, Brueghel ‘El Viejo’ es capaz de plasmarlo a la perfección. Dentro de una gran cámara repleta de cuadros, platos exquisitos e instrumentos musicales, vemos a tres muchachas –alegorías de los sentidos: el Tacto, el Oído y el Gusto–  sentadas alrededor de una mesa llena de manjares. A la derecha, una mesa colmada de jarras, fuentes, copas y vasijas cierra la escena, mientras un grupo de jóvenes criados sirven vino en un gran cáliz para acercárselo a la mujer que come (el Gusto).

Jan Brughel el Viejo. 'El Gusto, el Oído y el Tacto'. 1620
Jan Brughel el Viejo. ‘El Gusto, el Oído y el Tacto’. 1620. Museo Nacional del Prado

Diego Velázquez – El triunfo de Baco (1628-1629)

Esta obra, también conocida como Los Borrachos, donde se mezclan lo mitológico y lo cotidiano es una de las más famosas de Velázquez. El cuadro podría verse como una alegoría sobre el vino que alegra e inspira al hombre. En el centro y coronado con hojas de parra está Baco, dios del vino, el éxtasis y la fiesta en la mitología romana. A sus pies, una jarra y una vasija de la que probablemente han bebido los que le rodean. Alrededor del joven dios, varios hombres vestidos con ropas sencillas sujetan las copas y vasos en actitud de brindis. Velázquez logró captar con enorme realismo la embriaguez en sus sonrisas y sus caras enrojecidas a causa del vino.

El triunfo de Baco. Velázquez. 1628.
El triunfo de Baco. Velázquez. 1628. Museo Nacional del Prado

Tiziano Vecelli – La bacanal de los andrios (1523-1526)

Según la mitología greco-romana el dios Baco llegó a la isla de Andros, donde convirtió el agua de un arroyo en vino para el disfrute de sus habitantes. Aquí Tiziano nos presenta la bacanal posterior, un festín donde los andrios se entregan al placer de la danza, la bebida y la comida. Los personajes –incluso un niño– beben, bailan extasiados o dormitan bajo los efectos del vino. Tanto en primero como en segundo plano se pueden ver todo tipo de recipientes utilizados para tomar el dulce caldo. En el centro, bajo una de las muchachas tumbadas en la hierba, hay una partitura con una escritura: “Quién bebe y no vuelve a beber, no sabe lo que es beber”.

La bacanal de los andrios. Tiziano. 1523 a 1526.
La bacanal de los andrios. Tiziano. 1523-1526. Museo Nacional del Prado

Pieter Brueghel ‘El Viejo’ – El vino de la fiesta de San Martín (1566-1567)

El final de la vendimia, el primer vino de la estación y la pérdida de control ante el abuso del alcohol. Son los ingredientes de esta gran fiesta popular campestre plasmada por Brueghel ‘El Viejo’. La bacanal tiene lugar durante el día de San Martín, marcando el fin de la vendimia y el inicio del reparto del vino entre las gentes del pueblo. Presidiendo la escena, un tumulto de campesinos apenas dejar ver el imponente barril rojo que guarda el primer vino del otoño. Mujeres, hombres y niños intenta desesperadamente llenar sus recipientes –desde vasos, hasta cuencas y algún zapato- gracias al minúsculo chorro de tinto que sale de la barrica. Algunos beben con alegría, otros pelean en los márgenes del cuadro o yacen borrachos. La obra Brueghel, uno de los reyes de la pintura flamenca, se caracteriza por jugar un papel moralizante mostrando los defectos del ser humano.

El vino de la fiesta de San Martín. Pieter Brueghel, el viejo. 1566-1567.
El vino de la fiesta de San Martín. Pieter Brueghel, el viejo. 1566-1567. Museo Nacional del Prado

Rembrandt Harmenszoon van Rijn – Judith en el banquete de Holofernes (1634)

Este lienzo al óleo es la única obra de Rembrandt que se puede ver en Museo del Prado. El artista holandés representa un pasaje bíblico que se desarrolla durante la guerra de Israel contra los asirios. Judith, una viuda hebrea, descubre que el general asirio Holofernes está enamorado de ella. Éste la invita a un banquete y ella aprovecha para emborracharlo, decapitarlo y salvar así a su pueblo. Todo con la ayuda de una vieja criada. El cuadro muestra a Judith recibiendo un lujoso cáliz de vino durante el banquete de Holofernes. Al fondo, su criada sujeta la bolsa en la que Judith introducirá la cabeza del general asirio.

Judit en el banquete de Holofernes. Rembrandt. 1634. Museo del Prado
Judit en el banquete de Holofernes. Rembrandt. 1634. Museo Nacional del Prado

David Teniers ‘El Joven’ – El soldado alegre (1631-1640)

Teniers ‘El Joven’, de la escuela flamenca, solía pintar escenas cotidianas en cocinas, tabernas o posadas, donde personajes del pueblo llano disfrutaban de la comida y la bebida. Aquí, un soldado fuma y bebe mientras nos lanza una mirada de sorpresa en lo que parece el interior de una tasca. Detrás de él, en la oscuridad y rodeado de tinajas de vino y barriles de cerveza, otro soldado le acompaña sujetando una pipa. Las tabernas eran lugares de reunión y esparcimiento para las tropas cuando regresaban de las campañas militares.

El soldado alegre. David Teniers el Joven. 1631-1640.
El soldado alegre. David Teniers el Joven. 1631-1640. Museo Nacional del Prado

Luca Giordano – Lot embriagado por sus hijas (1694-1696)

Además de en la mitología clásica, el vino está muy presente en el imaginario cristiano. La temática religiosa era una de las más recurrentes durante el período Barroco, como vemos en esta escena narrada en el Antiguo Testamento. Tras la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, Lot y sus hijas se ven obligados a huir. El artista italiano Luca Giordano plasma en este óleo sobre lienzo el momento en el que las hijas de Lot deciden embriagarlo para poder tener relaciones con él y perpetuar la estirpe, ante el temor de no encontrar hombres en la tierra después de escapar de Sodoma. El vino se derrama sobre la cara y pecho de Lot desde una gran concha sujetada por sus hijas.

Lot embriagado por sus hijas. Luca Giordano. 1694-1696.
Lot embriagado por sus hijas. Luca Giordano. 1694-1696. Museo Nacional del Prado

Francisco de Goya – La Merienda (1776)

Si alguien supo representar el día a día castizo y el costumbrismo de su época, ese fue Goya. No es de extrañar pues que en el cuadro se pueda ver un bodegón con elementos realistas en el que además de cazuelas, quesos o abundantes hogazas de pan, hay también varias botellas de vino. Goya pintó las orillas del río Manzanares, donde un grupo de majos comen y beben despreocupados sobre la hierba. Los jóvenes sonríen y alzan sus vasos de vino tinto ante una vendedora de naranjas que se acerca a ellos. Este cartón para tapiz pertenece a la segunda serie del artista que representa escenas campestres.

'La merienda'. Goya. 1776.
‘La merienda’. Goya. 1776. Museo Nacional del Prado

Luis Egidio Meléndez – Bodegón con peritas, pan, alcarraza, cuenco y frasca (1760)

El bodegón o naturaleza muerta estuvo en auge durante el Barroco. Luis Egidio Meléndez fue uno de los pintores españoles más importantes de este tipo de obra, gracias a las que conocemos muchos detalles sobre los productos que se consumían o los utensilios de cocina de la época. El secreto de los bodegones reside en captar el virtuosismo y el detalle de los objetos cotidianos, normalmente sobre austeras mesas de madera y fondos sencillos y oscuros. Aquí Meléndez logra trasladar al lienzo las diferentes texturas desde el pan o el brillo de las peras de San Juan a la dureza de las muescas de alcarraza de cerámica o el metal de la cazuela. Al fondo, completando el bodegón, no podía faltar la gran frasca de cristal repleta de vino.

Bodegón con peritas, pan, alcarraza, cuenco y frasca. Meléndez. 1760.
Bodegón con peritas, pan, alcarraza, cuenco y frasca. Luis Egidio Meléndez. 1760. Museo Nacional del Prado

El Bosco – El jardín de las delicias (1490-1500)

Al igual que sucede con las mejores cosechas, el paso del tiempo puede convertir una simple pintura en una obra maestra. Podríamos decir que el período entre 1490 y 1500, años en los que El Bosco pintó este tríptico que representa la lujuria humana en tres actos, fue una buena añada para el artista. El panel central representa un Paraíso -tras la expulsión de Adán y Eva- donde sus habitantes viven en la locura dejándose llevar por el pecado. Mujeres y hombres, todos desnudos, protagonizan escenas eróticas rodeados de extrañas criaturas, plantas gigantes y estructuras surrealistas. Si bien en este cuadro el vino no aparece representado, sí lo hace la uva portando una fuerte simbología. El Bosco también representó otras frutas como cerezas, frambuesas y madroños. Todas ellas simbolizan los placeres carnales y su caducidad y aparecen diseminadas por todo el paisaje. Dentro del lago y en la parte inferior podemos ver a grupos de personas y animales desenfrenadas compartiendo racimos de uvas o piezas de frutos de grandes dimensiones.

Tríptico de "El jardín de las delicias". El Bosco. 1490-1500.
Tríptico de “El jardín de las delicias”. El Bosco. 1490-1500. Museo Nacional del Prado

Y tras visitar el Museo del Prado…

Durante doscientos años el Museo del Prado ha sido el mejor cronista, recogiendo en las obras de su colección la evolución de nuestras costumbres y estilo de vida. El vino ha sobrevivido al paso de los siglos como elemento de nuestra cultura. Tal vez en un futuro el arte sigla plasmándolo como el ingrediente estrella para acompañar nuestros platos y nuestras vidas.

Salimos del museo embriagados de arte y atravesamos el paseo del Prado llegando a las callejuelas del Barrio de las Letras. ¿Qué mejor manera de rendir homenaje al exquisito maridaje de pintura y vino que degustando una copa de vino Denominación de Origen La Mancha? Que nadie derrumbe la vieja costumbre.

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