Vinos de La Mancha: testimonio, vida y recuerdos es el tercero de los documentales elaborado por el Consejo Regulador que recuerda el pasado siglo XX en el sector en la primera persona de algunos sus protagonistas.

Lo hace desde una visión cercana recogiendo el testimonio de viticultores, hombres y mujeres que vivieron el recorrido y la difícil trayectoria de la pasada centuria.

Un documental cuyo hilo conductor es el propio relato de los protagonistas, apoyándose en la vida y recuerdos de los entrevistados.


 

Es la vida en carne propia contada por agricultores como Federico Iniesta y su mujer, Maruja Añover, de Quintanar de la Orden (Toledo); la vida de José Guillén, de Pedro Muñoz (Ciudad Real), cuya pasión por el mundo de los tractores le ha llevado a rescatar de la chatarra verdaderas joyas de la primera maquinaria agrícola; el encantador matrimonio de Villarrobledo (Albacete), formado por Ángel Arenas e Isabel Martínez, con innumerables anécdotas a sus espaldas o los hermanos Román (Víctor y Julián), una entrañable pareja de hermanos tomelloseros que desde la tierna infancia han vivido, convivido y compartido sudor y esfuerzo en el campo.

Recuerdos paternales

La figura de su padre unida a trabajo y tesón en el campo es el referente más cercano que presentan estos octogenarios agricultores que, en lucharon, como ejemplo de supervivencia por salir adelante en un contexto complicado de pobreza y necesidad, como fue la España interior al final de la Guerra Civil.

La vendimia

Es otro de las estampas a las que acude el documental Vinos de La Mancha: testimonio, vida y recuerdos. Se recuerdan aquellas campañas con largas jornadas en la viña con las mulas, como tracción animal, convertidas en inseparables compañeras de fatiga, que la transformación tecnológica relegó al olvido.

F. Iniesta con un viejo tractor

El documental se cierra con el legado y la vocación del nieto pequeño de Federico Iniesta, que “dice en el colegio que quiere ser agricultor. Para mí y para su abuelo, sería un orgullo porque mi hijo está bien montado y no le faltaría para comer”, sentencia con sencillez y aplomo, Maruja Añover, su abuela.

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